
Hay una frase que suele escucharse en las terrazas de nuestra Marina mientras cae el sol: “Dios creó la tierra, pero Pete Dye esculpió el paraíso”. Y es que, para entender la verdadera esencia de Casa de Campo, hay que entender que aquí el golf no es solo un deporte, es un estilo de vida.
Pete Dye no llegó a La Romana con un plano rígido bajo el brazo. Llegó con una intuición. Se dice que caminaba por la costa, entre los matorrales y la roca coralina, escuchando lo que el terreno quería ser. No buscaba imponerse, buscaba revelar. Así nació Teeth of the Dog®, una obra maestra donde siete hoyos no solo miran al mar, sino que permiten que la brisa salada y el rocío del Atlántico se conviertan en parte del juego.
La arquitectura del pulso alto
Pero el genio de Dye va mucho más allá de los trofeos y los rankings mundiales. Su verdadera maestría reside en cómo logró crear una experiencia estética que envuelve al huésped, sea golfista o no.
Caminar por estos campos es sumergirse en una galería de arte de 18 actos. La simetría de los búnkers, el verde eléctrico que contrasta con el azul profundo del mar y esa sensación de amplitud que solo se siente cuando el diseño respeta el horizonte.
Es, en esencia, un diseño de libertad. Después de una mañana recorriendo estos paisajes, el ritual se traslada de forma natural a la casa club o a la privacidad de una villa, donde la arquitectura de Dye sigue resonando en los espacios abiertos y la conexión constante con el entorno.
Un legado que se siente
En Casa de Campo, el legado de Dye se vive en los pequeños detalles: en el silencio absoluto de un putt decisivo, en el sonido de las palmeras que él mismo decidió dejar intactas y en la satisfacción de terminar el día con una cena en The Beach Club, sabiendo que has caminado por uno de los terrenos más exclusivos del planeta.
Dye no solo diseñó campos de golf; diseñó la forma en la que hoy experimentamos el lujo al aire libre. Nos enseñó que la perfección no es lo que se añade, sino lo que se conserva. Hoy, 50 años después, cada vez que un huésped se detiene a admirar cómo la luz de la tarde rebota en las olas desde el hoyo 7, el genio de Pete sigue vivo. No es solo golf, es la forma más elevada de habitar el Caribe.